lunes, 30 de agosto de 2010

A unos palmos del suelo

Por Jorge Losada
Pregonero Oficial de 2010
Cuando apenas levantas unos palmos del suelo, las únicas preocupaciones que tienes en Semana Santa son tirar de tus padres para coger un buen sitio en la cuesta del Pizarro, Santa Clara, Balborraz o las plazas de Viriato, Santa Lucía o la Catedral para ver la procesión en primera fila y sentir el saludo de una mano amiga que te reconoce entre el gentío de la fila.
Los ojos de los niños esperando la procesión representan una mirada pura y noble, una mirada llena de inocencia y de ninguna maldad. Esos ojos, me atrevería a decir, los sientes más intensos cuando estás ataviado con tu caperuz y peregrinas por las calles de Zamora, y más en concreto en procesiones como la de la Congregación, en su primer recorrido hasta las Tres Cruces.
La verdad es que mis hermanos y yo lo tuvimos muy fácil, y no nos costaba nada arrastrar a nuestros padres, y en especial a mi padre, para ver las procesiones donde nosotros quisiéramos y cuantas veces quisiéramos. Era nuestra pasión, pero también la suya, y así nos lo enseñaron desde muy pequeños.
Con el paso de los años, uno va creciendo y se cree mayor, y se cree que lo sabe todo, aunque no sabe nada.
Atrás has dejado esas filas, y esos primeros desfiles con tu padre, y ese sacar el dobladillo que hacen todas las madres cada primavera, que era la mejor marca para saber lo que habías crecido de año a año.
Son los años de tus primeras noches en vela, de empalmar la procesión del Yacente con tu desfile de la Congregación. Son las primeras Semanas Santas en la que ya ni pisas por casa nada más que para dormir y para cambiarte de túnica.
Y pasa el tiempo, y los años, y te crees que puedes aportar algo a esta Semana Santa que tanto quieres. Y propones proyectos e ideas, sueños e ilusiones. Pero te das cuenta que tus sueños, quizá sean los tuyos, y nada más que los tuyos. Y que tus ilusiones no siempre encuentran apoyos porque por algo que nunca has entendido, las cosas siempre han sido así, y son muy difíciles de cambiar.
Te acuerdas entonces de esos sueños de la infancia y de esa mirada limpia de los niños de Zamora que preguntan a su madre por qué le han colgado en la cruz, al ver pasar al Cristo de Las Injurias, o por qué llora una madre, cuando caminan Nuestra Madre, La Esperanza o la Virgen de la Soledad, y te das cuenta de que los sueños se repiten generación tras generación, y de que esa es la Semana Santa verdadera; la de la inocencia de los niños, la que vive la Pasión, Muerte y Resurrección, según Zamora. La que no pregunta ni en qué procesiones sales, ni cuáles son tus apellidos.
Todo aquel que siente y ama la Semana Santa en algún momento de su vida ha sufrido alguna decepción. Pero las decepciones no nos la da la Semana Santa, sino que las damos los hombres.
Todos los semanasanteros deberíamos ser más activos y luchar aún más por nuestro sueño, que es hacer de la Semana Santa de Zamora, la mejor Semana Santa de toda España. Para ello, es necesario que sumemos a toda la ciudad a un proyecto que está por encima de hombres y mujeres, sumar a Zamora a este proyecto de ciudad.
Cualquier lugar es bueno para aportar ideas.
Ya sea desde las asambleas, medios de comunicación, desde las tertulias de cofrades o los foros de internet y aunque no todas serán válidas, sí todas son muy respetables, mientras se hagan desde el respeto y la educación.

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